La minúscula y bella Bratislava
El barco abandona Viena tras una última mirada a la gigantesca noria del Prater a un paso del Danubio que tampoco aquí es azul. La siguiente escala es Bratislava, la joven capital de Eslovaquia, adonde se llega tras poco más de tres horas de navegación. Visitar esta ciudad, tras la maratón de Viena resulta un confortable paseo. Todo tiene una escala en miniatura, todo está próximo, todo es tranquilo y cordial.
El centro de la ciudad es peatonal y se vuelca a la orilla del Danubio. Para hacerse una idea de sus dimensiones y situarse en la ciudad, lo mejor es subir al castillo a 85 metros sobre el río y seña de identidad de la urbe. La vista es lo que más merece la pena, ya que la fortaleza, que fue medieval, gótica, renacentista, barroca y durante casi dos siglos un auténtica ruina, tras el incendio de 1811, ha sido reconstruida a partir de 1953 pero ha perdido casi todas sus señas de identidad.

En cambio, el centro urbano tiene una fuerte personalidad por la rara y armónica combinación de edificios y por la animada vida que se observa en sus calles y plazas. La catedral de San Martín, donde durante casi tres siglos tuvieron lugar las coronaciones de los reyes húngaros, el Ayuntamiento antiguo, con su peculiar patio con arcadas, el Palacio Primacial y el Teatro Nacional son los edificios más representativos. Pero la Bratislava más auténtica se descubre recorriendo sin prisas la calle Michalská o la Plaza Principal y sus coloridas terrazas, los callejones, como el Bastova, el más estrecho de la ciudad, los mercadillos que surgen en cada plazuela, las fuentes donde la gente combate el calor metiendo los pies en el agua, las cervecerías donde curiosamente se debe pedir vino eslovaco y no cervezas checas.